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In-A-Gadda-Da-Vida

El título de la canción sale de un viaje que comienza en el título original: “In the Garden of Eden” y que llega, tras la ingesta de algún tipo de sustancia sólida, líquida o gaseosa, hasta “In a gadda da vida”. Eran tiempos de sicodelia y esos viajes molaban. Un tema pensado para ocupar la cara A de un sencillo (alrededor de tres minutos) y grabado en una sesión de los músicos se convirtió en una pieza de 17 minutos, sobre todo instrumental, y que acabó por ocupar la cara A de un Long Play contando con la reticencia de la casa discográfica.

Por supuesto sacaron una versión para disco pequeño y radio que duraba algo menos de tres minutos y a la que habían desprovisto de todo el desarrollo musical que convertía In-A-Gadda-Da-Vida en algo original y distinto. Habían dejado sólo el trozo cantado y unos apuntes del tema musical que sustentaba todo el desarrollo. Escuchar aquella “selección” me producía la sensación de que me estaban tangando. No me gustaba. Es simple. Para mí escuchar música no era un pasarratos o un simple acompañamiento de otras actividades.

Años después los Simpsons se hicieron eco del alucinado tema que recordaba a Homer y Marge alguna vivencia de juventud que yo no compartí, al tiempo que acababa con la anciana organista de la iglesia. In-A-Gadda-Da-Vida , En el jardín del Edén, se refería en su letra a un tema bíblico. Un canto de amor de Adán a su compañera, Eva.

Alguna vez la bailé imaginando que tocaba aquel insólito solo de batería. Escuchaba el órgano y el riff de la guitarra que marcaba todo el tema. Todo era nuevo y me parecía que era mucho más que una canción. La wikipedia dice que de allí salió el heavy metal. No lo creo pero estoy seguro de que con In-A-Gadda-Da-Vida se abrieron nuevos caminos.

Lo que aquí os he contado lo cuentan, también, sólo que más documentados y académicos Raúl (La guitarra de las musas) y Gonzalo Salvatierra.

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Amistad

Sex and the city, Friends y Big Bang Theory son cantos a la amistad de una gente muy distinta de mi, de una generación que no es la mía, en un país que no es el mío y, con estilos de vida con los que nada tengo ni he tenido que ver. Sin embargo reconozco esas series como lo que son, cantos a la amistad.

El grupo de amigos de mi adolescencia tuvo que ver con el nacimiento del grupo de amigos de mi juventud pero fueron distintos. Ya entonces muchos de ellos se perdieron, los perdí, en aquellos pasos. Al final la vida te va llevando y tu te dejas llevar. En el camino, se pierde gente que siempre lamentarás haber permitido que se perdiesen porque, no disimules, los perdiste tu. Los perdí yo. En el final de mi juventud repetí viejos errores.

Esas series también terminan con una separación del grupo: con una separación que lleva a los personajes a distintos caminos vitales. Uno siempre imagina reencuentros, los productores también, pero les da miedo que no sean creíbles o que no casen con las expectativas de sus públicos . El futuro acaba perteneciendo al pasado, también en la ficción.

Afortunadamente las redes sociales me han permitido reencontrar a unos poquitos amigos de adolescencia y juventud: mi amigo PC, al que conocí con diez añitos y era uno más en casa a la hora de merendar, un hermano; mi amiga P y J que fueron pareja, se casaron, se separaron y hoy son amigos y padres de dos chicos maravillosos a los que he podido conocer. Y maravilla de las maravillas, los más de cuarenta años pasados desde nuestros últimos encuentros no han conseguido borrar la sensación de que sólo habían pasado unos días desde nuestro último encuentro.

No les volveré a perder. Es una promesa solemne. Porque he tenido la enorme fortuna de tener una segunda oportunidad y quiero creer que he aprendido a conducir mi vida. Gracias a la vida que me ha dado tanto.

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In the ghetto

1969, tenía quince años, mis gustos musicales se iban conformando mientras que mi conocimiento sobre lo que los mayores llamaban “música moderna” era muy primario, binario, me gusta o no me gusta, muy ecléctico y absolutamente carente de conocimiento previo. Se llama adolescencia. Un día, en casa de mi amigo J… escuché en la radio que un tal Elvis Presley, de quien lo desconocía todo, volvía a la actualidad; y sonó “In the ghetto”.

Tanto énfasis hacía el locutor sobre la importancia del tal Elvis que, aunque “In the ghetto” me pareció una balada grandilocuente, sin garra, sobada y sabida que no me sonaba a nueva, me interesé sobre quién era Elvis y qué significaba realmente. Entonces descubrí al Elvis de sus primeros años, al que empezó con aquello del rockabilly, ese “Elvis the pelvis” que con sus movimientos sincopados y tocando “música de negros” escandalizó a la biempensante sociedad blanca de los Estados Unidos. Eso ya era algo muy distinto que, de verdad, molaba.

De algún modo sigo en la dicotomía “me gusta, no me gusta”, menos intolerante eso sí, aunque sigo pensando que aquel Elvis gordo y carrozón (no deja de ser una definición que ahora se me podría aplicar a mi mismo) no era ni la sombra de lo que fue. Por eso, algo querré decir, me viene a la cabeza que uno de los recursos típicos de cualquier relato es el contrapunto cómico y, aunque sea tópico, en este caso viene al pelo. Gracias Gomaespuma.

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La Palma, la Isla Bonita

Llevo días hipnotizado por un espectáculo de la naturaleza que, al tiempo, es una tragedia humana. Todo sucede en la Isla de La Palma, la llamada “Isla Bonita”, un sobrenombre que merece sin ninguna duda.

Tuve ocasión de conocer y amar esa isla en el verano del 2019. Allí Ella y yo vimos el cielo estrellado como nunca lo habíamos hecho; visité un desierto volcánico y un bosque tropical; disfruté de la arquitectura tradicional y de la naturaleza desbordante; nos bañamos en piscinas naturales batidas por la mar y disfrutamos comidas inolvidables.

Por supuesto me viene a la cabeza el tema de Madonna, aunque no se refiere a la Isla de La Palma. Unos dicen canta a una isla llamada San Pedro, considerada por algunos el Cayo Ambergris en Belice, otros hablan de un poblado estadounidense del mismo nombre. No conozco esos lugares pero La Palma merece sobradamente el título de “Isla Bonita”.

Antonio Flores si le dedicó una canción a La Palma: “Y aquí una guitarra suena
en la Isla de Palma, dónde unas manos recorren un mástil, para decir sin palabras:
Te quiero”.

Visitad la isla cuando esto acabe. Ayudaréis a su reconstrucción económica. Disfrutaréis del carácter de una gente encantadora, de una naturaleza distinta y, en definitiva, disfrutaréis de la vida.

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El triste papel de un patoso en la discoteca

La primera vez que fui a una discoteca yo tenía quince años. Fue durante el viaje de fin de curso de lo que entonces era el bachiller superior. En Granada, el profesor que nos acompañaba nos dejó salir por la noche. Fue mi primera salida nocturna, mi primera discoteca, mi primera borrachera y, claro está, mi primera resaca. Éramos solo chicos y no había más público que nosotros. Sólo recuerdo estar bailando, yo solo en una especie de escenario, al ritmo del “Come Toguether” de los Beatles que me cautivó desde entonces.

La verdad es que nunca me han atraído las discotecas. Un lugar con la música muy alta en el que, por tanto, es difícil charlar que, para mí, es el mejor arma que yo he creído tener para ligar. Desde mi simplismo absoluto, ligar es la única razón que puede justificar el ir a uno de esos lugares. “Pa poder molar como en una discoteque” que cantaban los de Desmadre 75 en “Saca el güisky cheli”. Pero yo en una discoteca nunca he molado, nunca lo he creído. Siempre he sido patoso. Sólo lo más espabilados se dan cuenta de que a ellas les gusta bailar mientras que a ti te inhibe un estúpido sentido del ridículo.

Nada más lejano de mi que ese tipo que interpretaba Travolta en “Saturday night fever”. Lo cierto es que nunca lo pretendí ni tan siquiera lo intenté. Lo mío es hablar y reconozco que eso me dejaba en fuera de juego con muchas chicas. Pero para todo hay sabios y expertos.

La técnica de ligue en la discoteca parecía simple: bailabas ritmos rápidos en grupo buscando una chica que se quedara bailando a tu lado; luego sonaba una lenta y la invitabas a bailarla contigo. Si ella accedía buscabas un mayor acercamiento y ya continuabas bailando con ella el resto del tiempo que tenías hasta que ella y tu tuvierais que salir corriendo para estar en casa a la hora indicada por la autoridad paterna. Si, mientras te habías sentado en una mesa, lo suyo era buscar una mesa en un rincón oscurito. Tu bebías algo fuerte; ella un “San Francisco”, un brebaje sin alcohol servido en un vaso lleno de azúcar en su borde. Nunca conseguí completar esa secuencia probablemente errónea. Parece que, a pesar de todo, alguien preparaba el escenario de mis fracasos.

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Days of future passed – Nights in white satin

Tenía 15 o 16 años cuando leí en la revista Mundo Joven dos palabras que me sonaron como una atractiva contradicción: “Ópera rock”. No tardé mucho en descubrir que no era una contradicción; que la ópera no tenía porque ser lejana para un joven que todo lo ignoraba sobre la llamada música culta; que había muchos caminos que explorar.

“Days of future passed”, el disco de Moody Blues era el protagonista de aquella mención de la ópera roc. Estaba grabado con la colaboración de la London Philarmonic Orchestra (al parecer los músicos de la orquesta aplaudieron al terminar la grabación). A mi me gustó. Vinyl Friday cuenta bien de que va ese disco de Moody Blues. Especialmente se me quedaron en la cabeza dos temas. Por distintas razones cada uno de ellos.

Lunch Break: Peak Hour (La hora de la comida: Hora punta). Paradójicamente a mi ese tema me traía a la cabeza la imagen de un vehículo circulando por una carretera secundaria, deprisa, sin apenas tráfico, en un día soleado de la campiña inglesa. A cada uno de nosotros la música nos trae sugerencias singulares, personales, probablemente únicas. Seguro que los músicos pretendían transmitir otra cosa pero…

“Nights in white satin” fue el tema estrella, el que se escuchó en todas las emisoras de radio. Yo no era un extraterrestre (creo que todavía no me he convertido en uno) y también me gustó. Me gustó por que estaba hecha para eso, y me gustó por que era pieza fundamental en aquellos guateques en los que “cuando bajaba la luz y comenzaban las lentas. Cada oveja con su pareja y los desparejados, yo entre ellos, o preparábamos el siguiente disco o  intentábamos patéticos acercamientos. Ellas entonces ponían las manos en nuestros hombros y los codos  protegiendo su pecho y clavados sobre los nuestros. Para saltar al siguiente paso o tenías dotes de encantador de serpientes (así me lo parecía) o, muy probablemente, acababas con orquitis”.

Muchos años después algún ejecutivo de una avispada discográfica debió recordar aquellos momentos de la adolescencia y lanzó aquel mix de 24 baladas lentas que apelaban a quienes éramos jóvenes en los años 60 y 70 y sufrimos aquellos recalentones.

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Mikis Theodorakis, fiel a si mismo

No hace falta que os de la noticia. Su muerte ha sido anunciada en todos los medios de comunicación. En algunos con lágrimas de cocodrilo. Mikis Theodorakis nunca renunció a sus convicciones y nunca abandonó su espíritu de lucha por cuanto creyó justo. He escogido dos pequeños blogueros que hoy le han glosado. Simplemente porque de muestra vale un botón: Ángel Reina y Humanidad Acompañadlo con Mikis dirigiendo a Quilapayun cantando aquello de “El pueblo unido jamás será vencido”.

Sólo una vez he viajado a Grecia y la banda sonora de aquellas vacaciones estuvo presidida, como ya os conté, por Mikis Teodorakis. Entonces, en 1980, yo ya sabía quien era Mikis Theodorakis. Miento. Yo había oído hablar del resistente que muy joven había hecho frente a los nazis en su país, al cantante que se había enfrentado a la dictadura de los coroneles y, en todo caso, al autor de la banda sonora de Zorba el griego.

En 1977 José Luis Garci había dado un papel protagonista a una canción de Mikis Theodorakis (“Luna de Miel” con letra en español de Rafael Penagos) en su película “Asignatura Pendiente”. Era un tema que había popularizado Gloria Lasso en 1959 y que yo no recordaba haber escuchado cuando vi esa película. Me encantó su tono retro y me gustó la canción. Tened paciencia, el vídeo cierra con la canción.

Fue todo eso, le asocio a esos recuerdos y fue un gran músico. Su obra abarcó desde canciones y bandas sonoras de películas hasta sinfonías, ballets, óperas, … Os sugiero mirar la wikipedia y leer sobre la enormidad y el calado de su obra. Casi seguro no recordáis la banda sonora de Z, la película de Costa Gavras que cuenta una historia que el propio Theodorakis vivió muy de cerca en sus propias carnes (no como protagonista). En una pieza su música y su propia historia.

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Charlie Watts in memoriam

Sobran las palabras. Sólo su nombre, sólo su música, sólo su recuerdo.

Escucha “Jumpin´Jack Flash” desde su puesto, con él en primer plano y los Rolling Stones de fondo.

Muchos colegas han escrito más y mejor documentados que yo. Pincha y lee pero, sobre todo, escúchale y escucha a tu corazón.

Leyendas del Rock

The Music Picker

Magic Pop

Rockin Teacher

El círculo Beatle

Hipersónica

Y para más enjundia la Wikipedia

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Zapatos de gamuza azul

“Zapatos de gamuza azul” Blue suede shoes, dicho para entendimiento universal, es un clásico del rock & roll inobjetable, detrás del que se te van los pies aunque no estén embutidos en unos zapatos de gamuza azul.

Me gusta la historia de esta canción, reúne a una muy buena representación de la música que disfruto, aunque soy muy ecléctico y mis gustos desbordan los límites del rock.

Carl Perkins, Johnny Cash, Elvis Presley y Jerry Lee Lewis estaban de gira, juntos pero no revueltos. Johnny Cash contó una anécdota de su servicio militar en Alemania. un sargento al que conoció estaba muy satisfecho de sus zapatos de gamuza azul y le irritaba pensar en que se los pisasen. Carl Perkins hizo canción esa historia.

Nueve meses después Elvis versionó “Blue suede shoes”. Johnny Cash y Jerry Lee Lewis también acabaron cantando sus propias versiones de ese tema nacido de una conversación entre todos ellos.

Con esos mimbres se fabricó un tema del rock que canta y ensalza la estupidez humana. Porque, fijémonos en la letra: “Puedes matar, también asesinar. Todo mi dinero me puedes robar. Mi coche nuevo puedes chocar. Pero, por favor, no me pises ya nunca mis zapatos. Zapatos de gamuza azul. Y no me pises jamás mis zapatos de gamuza azul”. Increíble el grado de idiotez del protagonista. Podéis escuchar la versión en castellano de Moris.

Y para finalizar un regalo que me he encontrado buscando material para esta entrada: The Million Dollar Quartet: Elvis Presley, Johnny Cash, Carl Perkins y Jerry Lee Lewis se encontraron en los estudios de “Sun Records”, en Memphis, una tarde de diciembre de 1956. Al parecer fue un encuentro casual que terminó con una grabación informal en la que cantaban juntos los cuatro. En el 2006 se recuperó aquel documento y se hizo un disco…

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You’ll Never Walk Alone

En diciembre del pasado año escribí en este blog que: “Creo que el himno de un equipo de fútbol debe de estar creado para que lo cante un estadio, para que todo el mundo participe, para atronar e impresionar al contrario”. Me dejé una utilidad superior, que los jugadores se sientan apoyados por su público e identificados con su equipo. ese papel lo cumple perfectamente el himno del Liverpool: “You’ll Never Walk Alone” (Nunca caminarás solo).

En octubre de 1963 Un grupo de Liverpool, Gerry and the Pacemakers, versionó ese tema, compuesto por Richard Rodgers y Oscar Hammerstein para el musical Carousel en 1945. Lo grabaron en los estudios de Abbey Road y detrás de aquello estaba Brian Epstein, el representante de los Beatles. La afición del Liverpool​ la hizo suya y la cantaba cuando el equipo saltaba al campo. Hay que tener el corazón muy duro para no sentir que le debes algo a quien te canta eso.

​Oírselo contar a Michael Robinson (minuto 4,30 aproximadamente) explica perfectamente que sentían los jugadores, que es un himno y para que sirve. Lo cuenta mucho mejor que cuando yo me he puesto a teorizar sobre ello.

En estos días se ha celebrado un partido de homenaje al inolvidable Michael Robinson entre el Liverpool y el Osasuna, dos de los equipos en que jugó y a los que amó ese inglés de alma española o, quizás, ese español de alma inglesa que siempre me cayó bien y al que tuve ocasión de escuchar en vivo contar su experiencia vital y, desde entonces, me cayó aún mejor. Una pena que “ese Cádiz” faltase en la ecuación.

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