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Sentado en el muelle de la bahía de San Francisco

Juan Carlos López Bravo, un bloguero al que sigo con interés, está publicando una serie de entradas que ha titulado: «Las 30 mejores canciones de la historia del rock». En su historia me encontré con una canción que despertó en mi recuerdos de adolescencia y recuerdos de madurez: (Sittin’ On) The Dock of the Bay de Otis Redding

El recuerdo más cercano viene de hace unos quince años. Tuvimos ocasión, cortesía de nuestro amigo JR, de sentarnos en el muelle de la bahía de San Francisco mientras cantaba junto a Ella esa canción que siempre imaginé (no sé si con razón o sin ella) que había sido creada allí mismo. JR me lo confirmó y él, entonces, vivía allí. Doy por buena su autoridad.

Y, desde allí, recordar el lejano 1968 en el que tantas cosas sucedieron. Ese año, quizás el siguiente, en casa de mi amigo FJDC, descubrí esa canción. Teníamos 14 años y FJDC un hermano mayor con potencial y gusto para comprar discos que, para nosotros, eran distintos y nos hacían sentirnos en lo más alto de la ola.

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La Buhardilla

La juventud es generosa, vive el presente y no piensa en las consecuencias. Por lo menos así fue la mía. Era mi primer año en la universidad y, entre varios amigos habíamos alquilado una buhardilla en Malasaña (entonces ese barrio era solo un foco de pobreza en el centro de Madrid, aún no habían llegado allí los bares de moda, allí sólo vivían gentes humildes, desheredados de la vida). Pusimos en común nuestros libros y discos e invitamos a venir a todo el que quiso hacerlo.

Llegó un momento en el que no conocíamos a muchos de los que allí acudían. Una increíble y deliciosa aventura. Peligrosa, porque ni aquel espíritu ni muchos de los que por allí pasaban estaban, estábamos, bien mirados por la policía de la dictadura franquista, la Brigada Político Social.

Al final, tras casi tres años tuvimos que abortar aquella aventura. La policía no llegó pero ya habían oído hablar de nosotros. La mayoría de quienes iniciamos la experiencia ya estábamos militando en partidos clandestinos que nos exigían prudencia en nuestros movimientos. Habíamos «madurado», queríamos acabar con la dictadura y, aunque ahora cueste entenderlo, ponerse en el foco de la policía política por divertirnos como jóvenes que éramos, no era rentable en términos de lucha antifranquista.

Todo aquello, por supuesto, tuvo una banda sonora, ecléctica y muy variopinta. Mucho más que las escasas muestras que he intercalado en estos párrafos. Una banda sonora que, en la debacle final que acabó con «La Buhardilla», se silenció con la desaparición de la mayoría de los discos y libros que habíamos puesto en común.

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El Mar. La Mer

El lunes recibí por whatsapp una foto con un título: «El Mar. La Mer». Me lo enviaba mi amigo J desde Normandía, donde vive. J es hispanofrancés, creo o quiero creer que lo es más que francoespañol. Realmente da lo mismo. Es mi amigo, mi gemelo unos años mayor, y la tecnología me ayuda a tenerle cerca, hablar con él y hacer real lo que simplemente hubiera sido una añoranza de nuestros años jóvenes. Cuando recibí su mensaje me vino a la cabeza la imagen de mi padre cantando «La Mer», una de sus canciones favoritas.

Luego abrí YouTube y escuché la canción y ya la cosa iba de sentimientos, de la proximidad de un amigo que está lejos (el de Amistad), de volver a ver a mi padre, dentro de mi cabeza, después de treinta años. Iba de sentimientos. Aunque mi mar no está en Normandía. Mi mar es el Mediterráneo, el que siempre me trae a «Ella, mis hijos, mis padres, mi hermana, mi abuela, mis tíos y primos, recuerdos de muchos veranos en la niñez, la adolescencia, la juventud, la madurez y a las puertas de la vejez.. Tantos lugares, tantos paseos, tantos momentos,…» El mar en el que Ella y yo somos felices, nuestro Mar.

El mar me ha agitado el corazón de por vida.

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Amistad

Sex and the city, Friends y Big Bang Theory son cantos a la amistad de una gente muy distinta de mi, de una generación que no es la mía, en un país que no es el mío y, con estilos de vida con los que nada tengo ni he tenido que ver. Sin embargo reconozco esas series como lo que son, cantos a la amistad.

El grupo de amigos de mi adolescencia tuvo que ver con el nacimiento del grupo de amigos de mi juventud pero fueron distintos. Ya entonces muchos de ellos se perdieron, los perdí, en aquellos pasos. Al final la vida te va llevando y tu te dejas llevar. En el camino, se pierde gente que siempre lamentarás haber permitido que se perdiesen porque, no disimules, los perdiste tu. Los perdí yo. En el final de mi juventud repetí viejos errores.

Esas series también terminan con una separación del grupo: con una separación que lleva a los personajes a distintos caminos vitales. Uno siempre imagina reencuentros, los productores también, pero les da miedo que no sean creíbles o que no casen con las expectativas de sus públicos . El futuro acaba perteneciendo al pasado, también en la ficción.

Afortunadamente las redes sociales me han permitido reencontrar a unos poquitos amigos de adolescencia y juventud: mi amigo PC, al que conocí con diez añitos y era uno más en casa a la hora de merendar, un hermano; mi amiga P y J que fueron pareja, se casaron, se separaron y hoy son amigos y padres de dos chicos maravillosos a los que he podido conocer. Y maravilla de las maravillas, los más de cuarenta años pasados desde nuestros últimos encuentros no han conseguido borrar la sensación de que sólo habían pasado unos días desde nuestro último encuentro.

No les volveré a perder. Es una promesa solemne. Porque he tenido la enorme fortuna de tener una segunda oportunidad y quiero creer que he aprendido a conducir mi vida. Gracias a la vida que me ha dado tanto.

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Hubo un tiempo en que cada quién tenía su melodía en mi móvil

Y molaba. Ahora supongo que se puede seguir haciendo pero no debe de ser fácil o la opción requiere de un dominio tecnológico del que carezco. Cuando sonaba el tono ya sabía quien me llamaba o, cuando menos, que tipo de llamada requería mi atención. En cualquier caso recordad que, en aquellos años en los que finalizaba un siglo y comenzaba otro, el móvil y su uso no tenían el mismo uso ni significado que en el presente.

Cuando sonaba la marcha imperial yo sabía que me llamaba Ella, mis hijos o mi jefe y había que ponerse inmediatamente. A Ella no le gustaba porque decía que ni quería estar a la par con el jefe ni quería un sonido dictatorial como el de esa marcha.

Si tu me dices ven… Entonces era la familia: mi madre, mi hermana, mis suegros, o los amigos, sólo los más cercanos, esos que si tienes cinco eres afortunado y si tienes más es que eres un gilí que no sabe que es un amigo.

Las llamadas del resto de la familia y de los conocidos más próximos. Todas esas llamadas que merecía la pena atender y que , posiblemente, pintaran una sonrisa en tu cara o, por fortuna sólo de vez en cuando, una nube en tu corazón cuando te contaban sus tristezas.

He tenido la fortuna de que mi trabajo me gustaba y ese era el sonido de la llamada de mis clientes.

Quienes me habéis leído ya intuís que mi espíritu militar no va muy lejos. Ese toque de corneta llamando «a la carga» me avisaba de que llamaban mis compañeros de trabajo. Normalmente con esas llamadas un marrón llegaba a mi mesa, yo era el director comercial.

Y, claro está, esas llamadas de origen desconocido que no sabías quien era ni que quería. Ahora esas llamadas sólo presagian el que una compañía del IBEX te quiere vender un cambio de contrato que es mejor no aceptar aunque te prometan el paraíso.

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“Je t’aime… moi non plus” (Yo te amo…Yo tampoco)

El 69. No podía ser otro año. En 1969 se publicó el disco sexi por excelencia: “Je t’aime… moi non plus” (Yo te amo…Yo tampoco). Los amigos del instituto nos volvimos locos con aquello. Nuestra imaginación se excitó con las imaginables consecuencias nocturnas. Obviamente no la cosa no dio para más. Con nuestros quince años y la estricta separación de sexos con la que la dictadura regía nuestras vidas solo podíamos aspirar a una más que agitada noche soñando con Jane Birkin. Así fue nuestra adolescencia.

La compañía discográfica española, Fonogram, que editó la canción pidió la obligatoria autorización. El censor vio la letra, no entendió aquello de «Entre mis riñones tú vas y vienes» y no escuchó la interpretación, ¿para qué si ya había leído la letra? y otorgó su visto bueno. Cuando se escuchó la canción en la radio, el Ministerio de Información y Turismo (que entonces dirigía Manuel Fraga , ese gran demócrata) se apresuró a prohibirla. En las tiendas ya se habían vendido 100.000 ejemplares y los vendedores escondieron las escasas copias que quedaban. En el rastro madrileño se vendían bajo cuerda a un precio sensiblemente superior. Al éxito de “Je t’aime… moi non plus” contribuyó también el Vaticano que denunció su «amoralidad» y excomulgó al ejecutivo de grabación que la lanzó en Italia. Lo prohibido siempre se ha vendido bien.

Para redondear la historia Brigitte Bardot, el gran mito sexual de aquellos años, también tuvo su papel: Serge Gainsbourg había grabado originalmente el tema con ella pero, el entonces marido de la Bardot, un alto ejecutivo de Playboy, no vio «con agrado» la relación de su mujer con Serge Gainsbourg y, «para evitar suspicacias» no se publicó esa versión hasta bastantes años después.

¿Cómo un tipo tan feo pudo tener tanto éxito con aquellas bellezas? Algo tendrá el agua cuando la bendicen.

Como colofón, el arreglo musical de “Je t’aime… moi non plus” parece claramente «inspirado» en un tema que llegó en 1967 a lo más alto de las listas: «A Whiter Shade of Pale» de Procol Harum. Juzgad vosotros mismos.

Quiero agradecer a Radio Gladys Palmera y a Banana Media sus posts en los que he recogido mucha información para escribir estas líneas.

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Cóctel «Black is Black» para Brad Pitt y los chicos con las chicas

El «Black is black» de Los Bravos fue de los primeros singles en entrar en mi casa. Los Bravos me parecían mucho más modernos que los llamados Beatles españoles, los Brincos, (que me siguen gustando y continúo cantando sus temas). Toda época y toda edad, incluidos los doce años en los 60, tienen su postureo. Y yo , como todos, he postureado mucho. Pero eso no quiere decir que Los Bravos realmente no me gustasen y tampoco que ya no me gusten. Me gustan. Music Adictus cuenta bien ese corazón partido.

Recuerdo ir al cine con los amigos y algunas chicas para ver aquella película de «Los chicos con las chicas». Ya se que he utilizado dos categorías distintas, amigos y chicas, pero a esa edad y en aquel ambiente de separación de sexos en ellas no buscábamos amistad, buscábamos otra cosa que nunca encontré. Ellas no querían eso y nosotros no sabíamos entenderlo.

De aquella película recuerdo especialmente «Al ponerse el sol» Una letra divertida que he cantado muchas veces y una acampada de amigos a su aire, sin chicas, que refleja bien las pobres aspiraciones de mi primera adolescencia: una acampada que nuestras madres no nos permitirían y en la que ni soñábamos que pudiera haber chicas.

«Quiero una motocicleta que me sirva para correr y quiero una camiseta que tenga el número 100» cantaba aquel guapo que tenía pinta de ligar mucho. Letra pensada para adolescentes soñadores de lo que entonces eran imposibles y que nosotros cantábamos con mucha fe.

«A la vejez viruelas». Hace un par de años vimos a Brad Pitt, al volante de un Chevrolet de los 60, escuchando «Bring a little lovin» mientras seguía el ritmo con la cabeza y los recuerdos se dispararon. Y con el recuerdo el tonto orgullo de lo nuestro. Orgullo porque eso era y tonto porque luego hemos sabido y «El rincón de Ana» ha contado que quienes realmente grabaron aquello fueron músicos de estudio en Londres (se dice que entre ellos estaban algunos miembros de lo que luego fue Led Zeppelin) y cantaba un holandés, Mike Kennedy, que hablaba muy bien inglés y mal el español pero que aquí se ganó los garbanzos o lo que comiera.

Tarareando «Black is black» me viene a la cabeza aquello de Jesús Gil «Black is black and white is white» pero me da tanta vergüenza ajena que prefiero no recorrer aquí ese camino, dejando en paz a mis amigos del Atleti. Patanes hay en todos los sitios y llevan camisetas de todos los colores.

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The Doors y un buen recuerdo

Ja… era el mayor de todos nosotros, el grupo de amigos que compartimos el instituto, nos llevaba un año, era muy buen tipo, siempre de buen rollo y un loco por la música y los motores. Tocaba el bajo con un grupo de amiguetes al que llamaron «Fans Makers» Cuando queríamos tomar el pelo a quienes presumían de saber de música les preguntábamos por ese grupo y, cuando decían conocerlo, seguíamos el rollo mientras se nos escapaba la risa por todos los lados.

Fue Ja… el que nos descubrió The Doors. A alguno de los guateques de la pandilla trajo el «Morrison Hotel». Para mi fue un descubrimiento y enseguida busqué más cosas de aquella gente. Nada de lo que les oí me decepcionó. Se convirtieron, desde entonces, en uno de los grupos básicos en mi imaginario.

Ya era un incondicional de Doors al estrenarse «Apocalypse Now». Cuando comenzaba a sonar «The End» entendías la fuerza que tenía aquel grupo: La película empezaba con el protagonista tumbado en la cama, mirando y escuchando el sonido de las aspas del ventilador, que se convertían en las aspas de los helicópteros que bombardeaban con napalm los campos de Vietnam. Mientras la música y la letra daban significado a la historia que se iba a contar. Una gran banda sonora en la que destacaba «The End».

Un mito por sus letras, su música, su personalidad y aquello de «muere pronto y deja un bonito cadáver» que colocó a Jim Morrison en el club de los 27, genios de la música que murieron en un corto espacio de tiempo, un par de años con 27 años: Brian Jones, Jimi Hendrix, Brian Jones y, por supuesto el mismo Morrison.

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Una historia mágica con música de Zaz

Creo que la descubrí en la radio. Esa trompetilla de carnaval, la voz ronca de Zaz y ese aire de jazz me gustaron. Ella me la tradujo y me hizo gracia la letra.

Viajé a París por trabajo, lo hacía cada dos años. Siempre echaba de menos encontrar a mis viejos amigos, perdidos por los vaivenes de la vida hacía muchos años. Paseaba por la calle buscando sus caras entre la multitud. Aquell vez, octubre del 2015, tuve un día libre para mi y lo aproveché caminando.

Visité la iglesia de la Madeleine, sabía que por allí cerca habían tenido su negocio, vana ilusión, buscando una aguja en un pajar. En una librería en la Rue Saint-Honoré compré para Ella una novela francesa (que resultó un truño) y más allá en un FNAC, cerca del Pompidou, un disco de canciones tradicionales francesas y el disco de Zaz dedicado a París.

Un mes después se demostró que la vida tiene magia. No nos veíamos desde el 79. Miento, la casualidad nos cruzó en Madrid en el 92, comimos juntos y quedamos en vernos en París en el verano del 93. P y J se separaron, cerraron su negocio y nos perdimos de nuevo. El 20 de noviembre de 2015 «El País» publicó en su portada un artículo «Que hacía yo cuando murió Franco». Aquél día P y J hablaron sobre esa fecha y recordaban que aquél día histórico habían estado conmigo. A P se le ocurrió buscarme en Facebook y me encontraron. Mi alegría fue enorme. Hemos prometido no volver a perdernos y lo hemos cumplido. Ya he escrito aquí sobre lo importante que para mi es la amistad.

Desde entonces P y J; aquel paseo premonitorio buscando sus caras por París; el disco de Zaz; aquél maravilloso intercambio de mails con J entre el 20 y el 21 de noviembre del 2015… Forman parte de una historia mágica con música de Zaz.

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Cream, Sunshine of your love, Badge,…

En el instituto, en plena adolescencia, floreció mi gusto por la música al tiempo que nacieron todas las inquietudes sociales e intelectuales que conformaron la base de quien soy. El grupo de amigos que compartíamos instituto comenzamos a escapar de clase y juntarnos en una de las tranquilas callecitas que había a su espalda. Como ya he contado en este blog nos acercábamos a cotillear la sección de música del Corte Inglés, pero sobre todo hablábamos. Hablábamos de todo lo humano y lo divino y, claro está, sobre las nuevas músicas que llegaban, casi siempre desde fuera. España era, en aquellos años, muy gris. 

Recuerdo descubrir Cream de la mano de uno de aquellos amigos. El riff de la guitarra de Eric Clapton, la batería de Ginger Baker, el genio de Jack Bruce, me impactaron. Sunshine of your love. Merece la pena que escuchéis este directo y que traigáis a la memoria otros temas de esa gente con quienes se acuñó el concepto de Supergrupo. 

Añado, de propina, otro tema, compuesto por Eric Clapton y George Harrison (que toca la guitarra rítmica en la grabación). Comienza con el punteo del bajo de Jack Bruce y alcanza su clímax con una entrada sobrecogedora de la guitarra de Clapton.

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