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Rata de dos patas, ¡pirata!, ¡anacoluto!, ¡ectoplasma!,…

Hace unos días, escuchando la radio, volví a oírla, Paquita la del Barrio cantando aquello de «Rata de dos patas». Como siempre, se me pintó una sonrisa en la cara y, como no, comencé a imaginar destinatarios. Resulta terapéutico.

Quizás por eso siempre me gustó el capitán Haddock (y Tintín me resultaba un pedante). Sin olvidar a Francisco Ibáñez. Sus personajes también dominaban la maldición.

Puedo pareceros agresivo a tenor de lo que escribo. No. Sólo insulto en la intimidad. Es un desahogo y todo un arte.

Os recomiendo la lectura de esta «Breve antología del insulto» publicada por la revista Jot Down que me parece muy acertada. Aprendamos de dos maestros, Góngora y Quevedo (aunque ellos no insultaban en la intimidad,

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Qualsevol nit pot sortir el sol

Jaume Sisa reunió a buena parte de los mitos y algunos contramitos de mi infancia aparecían juntos en una misma canción: Blancanieves, Pulgarcito, los tres cerditos, Snoopy, Simbad, Ali-baba, Gulliver, Jaimito, doña Urraca, Carpanta, Barba-Azul, Frankenstein, el hombre lobo, el conde Drácula, Tarzán, la mona Chita, Peter Pan, La senyorita Marieta, un soldado, los Reyes Magos, Papa Noel, el pato Donald, Pasqual, la Pepa bonita, Superman, King Kong, Asterix, Taxi-Key, Roberto Alcázar, Pedrín, el hombre del saco, el pitufo, Charlot, Obelix, Pinocho, la Moños, la mujer que vende globos, la familia Ulises, el Capitán Trueno en patinete, el hada buena, la Cenicienta, Tom y Jerry, la bruja Calixta, Bambi, Moby Dick, Sissi Emperatriz, Mortadelo y Filemón, Guillermo Brown, Guillermo Tell, Caperucita roja, el lobo feroz, el caganer, Cocoliso y Popeye.

Ya me fastidió que no estuvieran Tintín, Milú, el capitán Haddock, Hernández, Fernández, el profesor Tornasol, la Castafiore, Rastapopoulos, Allan Thompson, el general Alcázar, el general Tapioca, Néstor, Oliveira da Figueira y el insoportable Serafín Latón. Sin ellos en esa fiesta faltaría yo.

Me sobran pocos, por supuesto Sissi Emperatriz, Roberto Alcazar y Pedrín, algunos otros, pocos, me son desconocidos o indiferentes y no es cuestión de echarles de la fiesta. Me gusta pensar que de las tristezas haremos humo.

Una canción mágica, pasad, pasad, ahora ya no falta nadie, o quizás sí, ya me doy cuenta que sólo faltas tú.

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