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Leaving on a Jet Plane to Chicago

Quince días en Chicago, con Ella y en casa de nuestros amigos JR y B, la mejor compañía que uno pueda imaginar porque Ella , JR y B son lo mejor, «You´re the top». Esta vez Cole Porter (una línea común con ellos cuando hemos ido a verles a Estados Unidos) apareció en la voz de un pianista en Detroit mientras cenábamos, en un local muy alejado de los circuitos turísticos, con ese tema de «Anything goes».

Quince días contrastando la realidad con mi imaginario, paleto, de lo que era Chicago. Un imaginario basado en «Tintín en América» y los Intocables de Elliot Ness; pasado por el tiroteo en Union Station y en esa ciudad de la que escapaban dos músicos, vestidos de mujer, perseguidos por la mafia en «Con faldas y a lo loco»; el Chicago en el que Capone se emocionaba en una función de la ópera de Chicago mientras su banda asesinaba por doquier; el Chicago de Jordan y los Bulls; el de el arranque de la ruta 66 y el de el musical con Renée Zellweger, Catherine Zeta-Jones y Richard Gere.

El Chicago del Blues y del Jazz Ese Chicago que me trae a la cabeza a la banda con la que descubrí la fusión del Jazz y el Rock de la mano de un grupo que comenzó por llamarse Chicago Transit Authority para acabar tomando, simplemente, el nombre de su ciudad.

Un Chicago al que me acerqué también a través de la arquitectura, con Frank Lloyd Wright, que allí tenía su estudio y que en aquél COU experimental que disfruté en mi adolescencia tuve ocasión de estudiar y admirar. Un arquitecto al que, en aquellos días ya lejanos cantaron Simon & Garfunkel

Un Chicago del que hemos regresado encantados de la visita y, siempre, agradecidos a nuestros anfitriones JR y B

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Marylin Monroe con faldas y a lo loco

Marylin era una figura que despertaba las hormonas en cualquier chico adolescente en los años sesenta. En aquellos años no recuerdo haber visto sus películas en las salas de cine. Si que las pasaban, pero solo en los cines de estreno y esos eran muy caros. Para colmo las calificaban como «Mayores con reparos» y eso las hacía imposibles para quiénes no habíamos cumplido los 18 años. Ya os he contado cómo era la vida de una película en la cartelera durante la dictadura, toda una historia que se complicaba con aquella «calificación moral» que restringía directa e indirectamente el acceso al público de las películas calificadas con un 3 o un 4 (las categorías más inmorales a juicio de los censores franquistas y/o eclesiásticos).

Desafortunadamente la tentación no vivía arriba y tenías que conformarte soñando con ella. Luego descubrías que también cantaba y te gustaba todavía más. Tardé mucho en ver en pantalla grande «Con faldas y a lo loco» y disfrutar de su sensualidad, de su voz y del enorme sentido del humor y la agudeza crítica de Billy Wilder. «Nadie es perfecto»

La vi en el Johny, el Colegio Mayor San Juan Evangelista, uno de los centros más vivos de cuanto significaba ganas de libertad, refugio de ideas, nido de iniciativas culturales y resistencia antifranquista gestionadas, en gran medida, por los estudiantes que allí se alojaban.

Quien no haya vivido aquella España gris no podrá comprender que estoy contando ¿era un acto antifranquista ver una película de Marylin? No es tan fácil como eso pero si significaba explorar los límites de la dictadura. Así eran de estrechos esos límites y así eran de estrechos los franquistas.

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