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Galicia, fogar de Breogán, y los himnos

Hice la mili en Galicia, en 1976 – 77. Mayoritariamente, éramos chicos provenientes de fuera de Galicia. Sólo los que hacían la mili como voluntarios eran gallegos. Estaba así organizado, pues ese ejército estaba concebido para enfrentarse con la población, no contra un hipotético enemigo exterior. En consecuencia, era mejor que los soldados no tuviéramos vínculos con la población local. De ese modo, si llegaba algún tipo de levantamiento popular los soldados tendríamos menos reparos a la hora de disparar contra la gente. ¿Os sorprende? No eran alucinaciones mías. Así era la dictadura y en eso pensaban sus jerarcas.

Había llegado a Galicia sin escogerlo ni desearlo; para hacer algo que no me apetecía hacer y que ideológicamente chocaba frontalmente conmigo. Contra todo pronóstico, y en esas condiciones, me enamoré de Galicia para siempre. Conocí gente magnífica que me acogió con los brazos abiertos y que me hizo sentirme en mi casa (cuando estaba fuera del cuartel). Al final de mi estancia allí recuerdo un estadio de fútbol, en Santiago, lleno de gente en una convocatoria en pro de la democracia que se abrió con el himno gallego. Lo canté, junto con la multitud, con auténtica emoción.

Porque un himno tiene que representar a todo un pueblo y ser adoptado por todo él. Porque ni un himno ni una bandera deben ser utilizados para excluir a parte del mismo pueblo al que dice representar. Porque un himno tiene que poner en pie a todo el mundo. Por eso hay canciones que se convierten también en himnos que acompañan al himno oficial. Por eso no me gustan los nacionalismos, grandes o pequeños, y me gustan las naciones. Porque las naciones somos cada uno de nosotros y la suma de todos nosotros. Faespana cuenta bien la historia de los nacionalismos a través de sus músicas e himnos.

Que bien lo explicaba Doña Concha Piquer. Lo hizo tan bien que (wikipedia dixit): “En los exilios provocados por la Guerra Civil Española y sobre todo en la emigración, el pasodoble Suspiros de España simbolizó para algunos la nostalgia del país perdido. Su composición en el modo musical menor evoca tristeza, con leves modulaciones a su relativo mayor, pero, en mayoría, escrita en modo menor. También fue usada alguna vez como sintonía por Radio Pirenaica, emisora comunista clandestina que emitía desde el extranjero”.

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Los “ruidos” de un verano en mi adolescencia (pongamos que hablo de 1970)

En mi adolescencia, en el paso de los años 60 a los 70, veraneaba, por supuesto en familia, en la playa de Gandía. Tuve una adolescencia sosa y mis recuerdos de entonces son sosos. Recuerdo largas mañanas de playa; la cabaña de cañas que nos hicimos para huir de la sempiterna vigilancia de los padres; el cine de verano; la ¿música? de las fiestas nocturnas de los hoteles y mucho ruido. Seguro que hay gente de mi edad que disfrutó aquello. Yo no lo voy a pintar como un infierno pero tampoco como algo divertidísimo. Era lo que se despachaba en una familia de clase media en aquella España gris.

Cerca del apartamento familiar había un hotel que tenía baile todas las noches. Su fin de fiesta, invariablemente, consistía en una magistral interpretación de “Los hermanos Pinzones”. Con aquel hit mantenían el nivel que marcaba su baile más repetido:

El fin de fiesta daba paso a un continuo trasiego de vespinos sin silenciador que amenizaban la noche con ayuda de los mosquitos. Un adolescente como yo debía estar en casa tras la cena (eso de las largas noches de verano en mi casa no iba más allá del cine al aire libre). Había que dormir. Al día siguiente te despertaba el “camión del tapicero”. Si. ese mismo que, con la misma grabación has podido oír en estos días en el pueblo o la playa en que veraneas.

Mi gran aliciente era el cine. Durante todo el año teníamos que estar en casa antes de cenar o, siendo tolerantes, a las diez de la noche. En verano podías ir al cine de verano con los amigos (muy probablemente con papá y mamá unas butacas más allá) y regresar en cuanto acababa la película. Una película que, en muchos casos, ya habías visto pero, eso no te importaba.

Y no pierdo de vista que yo tenía la fortuna de que, cada año, podía ir de veraneo a la playa. La pena es que esa España estaba pensada para la mediocridad y la falta de imaginación. Quienes entonces, quizás no sabíamos qué, pero queríamos más, quienes queríamos otras cosas, otros horizontes,… recordamos aquello con la sensación de que nos robaron la juventud.

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Siempre es domingo

“Siempre es domingo”, una canción de mi infancia, 1961, que tarareo con frecuencia. Me divertía y me planteaba una situación muy atractiva y una aspiración que compartía. Además, me molaban esas frases terminadas como en pequeños hipidos que yo intentaba imitar.

“Siempre es domingo” era la canción estrella de la banda sonora de una película, con el mismo título. Una película que cuenta una España que no existía en la oscura realidad de aquellos años. Una España en la que un grupo de jóvenes que manejaban unos coches estupendos, vivían en unas casas sensacionales con servicio doméstico uniformado y en la que, alguno de ellos, tenía su corazoncito caritativo y se acercaba a regalar juguetes a los pobres con su buen coche y sus mejores galas. Todo ello entre fiesta y fiesta. La película nos cuenta como se dan cuenta de lo irresponsable y loca vida para volver al camino de la moralidad nacional católica y a unas vidas ordenadas en esa España eterna que predicaba el dictador. Arrepentimiento y enmienda para, llevando una vida cristiana, ir al cielo.

En aquella España el sábado por la mañana se trabajaba y los niños teníamos colegio. Suave, más que clases al uso era un día más lúdico. algún juego y cine, muy antiguo, cine de vaquero bueno con flecos y caballo blanco y el malo con caballo lento y negro, pero cine. Mi padre trabajaba por la mañana y venía a comer a casa. Entonces comenzaba el fin de semana.

El dictador se ocupaba de discernir, para todos, entre el bien y el mal, entre los buenos y los malos y sentaba su doctrina. de muestra vale un botón.

El discurso entero duraba, casi 42 minutos. Si tenéis paciencia y estómago escuchadlo entero en https://www.rtve.es/alacarta/videos/documentales-b-n/mensaje-franco-fin-ano-1960/2846494/ el mensaje de “El Caudillo” al comenzar el año 1961 (el año de la película “Siempre es domingo”), el año en que celebró sus “XXV años de paz”. A cada uno de nosotros, vosotros queda el interpretar lo que la cabeza, el corazón y nuestra experiencia dicen al respecto.

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El “Get on your knees” de Los Canarios

La primera vez que oí los metales dando el contrapunto a la voz de Teddy Bautista pensé que, por fin, en España se hacía música que podía competir con la de fuera. Luego me enteré de que, como había sucedido con el “Black is black” de Los Bravos, lo habían grabado en Londres con músicos británicos. Y para colmo, Teddy Bautista parece que (siempre presuntamente) resultó amigo de lo ajeno… ¡Otro mito a la mierda!

Esa historia y la del supuesto significado sexual de la letra (parece que lo de poner de rodillas a la chica era para “bajarla los humos”, ¿cómo?, pues con un acto de dominación) la cuenta mejor que yo “La guitarra de las musas”. Si tenéis curiosidad por la letra, aquí queda a vuestra disposición. A lo que voy, la canción era muy buena. No tanto su cara B (era lo habitual): “Trying so hard”

Antes les había oído en la banda sonora de una película de “Peppermint frappé”, una película de Carlos Saura con Geraldine Chaplin y José Luis López Vázquez de la que sólo la música me había gustado. Un rollazo en blanco y negro con muchas pretensiones, o así me lo pareció a mis catorce años. Me lo pareció con tanta intensidad que no se me ha pasado por la cabeza volver a verla.

Para mí su canto del cisne fue “Free yourself” en el 71. Luego prescindieron de los metales y abandonaron su camino. Yo les abandoné a ellos.

Por supuesto, no fui el único al que le gustó la música de “Los Canarios”. Me ha encantado leer como lo cuenta José Molina en “El retrovisor”. Fueron un fulgor corto pero merecido y con mucho brillo.

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La música de las películas de Berlanga

Las películas de Berlanga retratan la vida con sentido del humor. Dejan en la boca una sensación agridulce. Mezclan lo dramático y lo cómico que tuvo, tiene y tendrá nuestro día a día. La música que eligió para esos retratos es la música de su tierra, la música de Valencia, la música de las bandas callejeras y las escuelas de música, la banda sonora de nuestros festejos populares y de sus películas. Una mezcla de zarzuela, revista, canción popular española, la de moros y cristianos, y el folclore más “folclórico”. Eso explica porqué, cuando han querido homenajear a Berlanga en su centenario, no ha faltado una banda callejera tocando lo más definitorio de “sus” músicas: La Societat Musical La Eslava.

Berlanga dijo de si mismo: “…yo no soy un hombre excesivamente sensibilizado para la música. Si la música funciona bien en algunas de mis películas, será por un fenómeno ajeno a mis sensibilizaciones. A los músicos que han trabajado conmigo siempre les he dado unas ideas más literarias que musicales”. He leído esas declaraciones y me ha venido a la cabeza “Bienvenido Mr. Marshall”.

¿Os habéis fijado en la música que suena de fondo en el trailer de “Plácido”? Os al pongo en limpio porque explica que hace la música con una película. El foxtrot de “Plácido” se ha quedado como música que huele a cine.

Juan Francisco Álvarez cuenta con detalle en la revista de cine, Encadenados” la historia de las músicas y los músicos que escogió Berlanga para sus bandas sonoras. Yo sólo quiero recordar con vosotros las que han venido a mi memoria, las que me han gustado y han sido parte de mi vida, como “La vaquilla” que retrataba una España que, de otro modo y por desgracia, todavía vive.

Seguro que habéis escuchado o leído que, en las películas de Berlanga no podía faltar una referencia al imperio austrohúngaro. Era un amuleto. Le dio buena suerte cuando, por casualidad, la metió en “Bienvenido…” y ya lo hizo siempre. Yo no voy a ser menos.

Y vuelvo con las películas de Berlanga que más me gustaron y con las músicas de las calles de la Valencia que yo amo y que siempre están en mi recuerdo: Calabuch, un resumen de la Valencia de mi infancia tal como la he soñado y sólo recuerdo a través de los ojos de Berlanga y los incomparables guiones de Azcona.

Hasta con música religiosa sabían hacer “los jueves milagro”.

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El “Canto a la libertad” de Labordeta

Era septiembre de 1977, probablemente 11, aunque de eso no estoy seguro. Me habían licenciado de la mili en Santiago de Compostela unos pocos días atrás. Volví a Madrid pero en casa no había nadie, estaban celebrando el cumple de mi hermana en Barcelona, donde ella vivía entonces. El 13 tocaba celebrar el mío y no quería estar sólo. Viajé a Barcelona, Era mi primera vez en aquella ciudad que he llegado a conocer bien.

Pocos recuerdos iluminan aquellos días en los que retornaba a una nueva vida de cuyo rumbo, en aquel momento, lo ignoraba todo. Solo sabía que quería seguir luchando por el regreso pleno de la democracia a España y que eso lo quería hacer con Ella.

Cumplir el anhelo de visitar La Sagrada Familia, respirar Gaudí. Pasear por la libertad tras más de un año de mili, una prolongación de la dictadura en un tiempo en que la democracia parecía estar un poco más cerca, aunque yo no estuviera seguro de eso. Ese paseo lo hice por la Avenida de la Reina María Cristina, viendo las fuentes iluminadas y allí descubrí un tipo que cantaba ante la multitud: Labordeta. Era la primera vez que le escuchaba y me emocionó. Era el “Canto a la libertad” y respiré libertad.

Labordeta ha sido capaz de emocionarme y marcar el recuerdo de esa emoción de un modo permanente. Ese septiembre del 77 en Barcelona. Meses después viendo llorar a mi madre cuando oímos “Planta un árbol”

Y en aquella discusión parlamentaria, en la segunda legislatura de Aznar, cuando muchos demócratas sentíamos amenazadas las libertades públicas por aquel gobierno ultraconservador. Un diputado del PP le espetó «vete con la mochila a Teruel» y otro le dijo con arrogancia y desprecio «qué me dices cantautor de las narices». Fue cuando Labordeta exclamó “a la mierda, … ahora les fastidia que vengamos aquí las gentes que hemos estado torturados por la dictadura a poder hablar”. Muchos demócratas sentimos que estaba diciendo algo que, cada uno de nosotros, quería decirle a aquel gobierno.

En cualquier caso siempre hay quien viene a estropear un buen día. Cuando terminó el concierto de Labordeta unas feministas repartían panfletos, me acerqué a recoger uno y, con muy malos modos me lo negaron por ser hombre y quizás por aquel pelo de soldadito que me situaba en un negro pasado. Me irritó profundamente, que por ser hombre y por mi aspecto, negaran el ejercicio de la libertad quienes decían luchar por ella.

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Grándola, ¡qué envidia!

Aquel 25 de abril de 1974 el ejército portugués se levantaba contra la dictadura que oprimía su pueblo. Pasaba aquí al lado, pasaba con un régimen muy parecido al nuestro y pasaba con un ejército que parecía muy distinto del nuestro. De hecho lo escuchaba en la radio y no me lo podía creer, ¡un ejército que se levantaba ante el dictador en lugar de ser su mayor línea de defensa!. Algo debía estar entendiendo mal y, sin embargo, los acontecimientos parecían confirmarlo. ¡Qué raro! y ¡qué envidia!

Un enlace con un poquito de la historia del siglo XX en Portugal y os cuento: Caetano, el dictador portugués, destituyó en 1974 al general Spinola que quería poner fin a la guerra colonial que suponía una sangría económica para Portugal y un incentivo para el descontento del pueblo portugués. Spinola tenía ese objetivo sólo como medida para “cambiar todo y que todo siguiera igual”. Portugal era un país pobre con un elevado índice de emigración. No muy lejos de ellos, poco más ricos, andábamos nosotros.

En ese ambiente se crea en 1973 el MFA (Movimento das Forcas Armada) animado por oficiales hartos de su situación y progresivamente politizados. El 24 de abril a las 22.55 sonó una canción en la Rádio Emissores Associados de Lisboa, “E depois do Adeus” de Paulo de Carvalho, que había representado a Portugal en el Festival de Eurovisión. Era la señal para que las tropas comprometidas en el levantamiento se prepararan para la acción.

A las 00:25 horas del 25 de abril, la Rádio Renascença transmitió «Grândola, Vila Morena», una canción revolucionaria de José Afonso, prohibida por el régimen. Esa era la señal acordada para ocupar los puntos estratégicos del país. Aunque se trataba de un levantamiento militar no coordinado con la sociedad civil, la población salió a la calle manifestándose por doquier en favor de la libertad, impidiendo que los militares más tibios controlasen aquello o se volvieran atrás.

Wikipedia cuenta que: “Una camarera, Celeste Caeiro, que regresaba a casa cargada de las flores retiradas de los adornos de un banquete suspendido por la situación, no pudo dar el cigarrillo que un aterido soldado le pedía desde un tanque en la plaza del Rossio, justo al inicio del Largo do Carmo, donde los tanques de los sublevados aguardaban nuevas órdenes en una tensa espera desde la madrugada. Como la joven solo llevaba los manojos de claveles, le dio uno. El soldado lo puso en su cañón y los compañeros repitieron el gesto colocándolos en sus fusiles, como símbolo de que no deseaban disparar sus armas, extendiéndose la acción por toda la ciudad y generando el nombre con que la revuelta pasaría a la historia”.

El 26 de abril comenzamos a creerlo. Aquello había triunfado, el apoyo popular fortalecía el levantamiento; las manifestaciones duraban horas y horas. Los portugueses, solidarios con los españoles, fijaban su mirada también sobre nuestra dictadura, hermana de la que ellos acababan de derrocar. Y comenzaban a pedir cuentas a la policía política del régimen portugués, la PIDE, que usando las mismas formas que nuestra Brigada Político Social, les habían aterrorizado. Aquí soñábamos con algo similar.

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Vamos a la cama, ¡hale!

La tele de mi infancia, la de quienes fuimos niños en la España de los 60 era parte del sistema normativo al que estábamos sujetos y que llenaba nuestras horas escolares y familiares. Por supuesto no teníamos “asuntos propios”. Para todo había normas y cualquiera podía echarte la bronca por la calle sin que tu no tuvieras otra opción que agachar la cabeza y callar. En definitiva la vida de un niño era reflejo de la vida de cualquier españolito en aquella dictadura.

Bajo esa luz se creó la “Familia Telerín” que cantaba aquello de “Vamos a la cama que hay que descansar, para que mañana podamos madrugar”. Comencé a escuchar aquella cantinela en el 64. Yo tenía nueve o diez años y todos los días, a las ocho y media de la noche en invierno y a las nueve en verano, la tele nos mandaba a dormir y nuestra madre se escudaba en aquello para meternos en la cama, casi siempre sin que tuviéramos ganas.

Lo que menos nos gustaba era perdernos esos programas de dos rombos que, al día siguiente, siempre alguien comentaría en el cole, presumiendo de haberlos visto. Tu quedabas como un tonto y callabas para no ponerte en evidencia con tus compañeros.

¿Qué era eso de los dos rombos? El blog “¿Recuerdas?” lo explica bien: los programas que emitía la televisión española estaban calificados con un rombo, en la esquina superior izquierda, si el censor juzgaba que era adecuado, sólo, para mayores de catorce años. Y dos rombos si lo eran para mayores de 18 años. Una razón más para enviarnos a la cama.

A grandes males, grandes remedios. Así nació la estrategia “Butaca pasillo”. Desde la puerta del pasillo al salón se veía la tele. Si esa puerta se quedaba entreabierta, dejando tan sólo una rendija, podía sentarme en el suelo del pasillo y ver lo prohibido sin que se dieran cuenta mis padres. De ese modo, al día siguiente, podía presumir de haber visto aquello. No creo que fuera el único que descubrió aquel sistema. Me consta que, muchos años después, mis hijos también usaban la butaca pasillo.

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Mi casita de papel, mi casita en Canadá

Quizás porque una estaba “encima de las montañas”, tan cerca del cielo que parecía “construida dentro de el”. Quizás porque la de Canadá tenía un estanque y flores “las más lindas que hay allá”. Quizás porque el cielo las montañas, el estanque, las flores, los bosques de Canadá y su policía montada, vestida de rojo y afable, contrastaban con la España que en mi infancia veía gris y su policía que también vestía de gris. Las dos canciones se habían fundido en una misma en mi recuerdo. Ha sido escribiendo este blog cuando he descubierto esa trampa de mi memoria.

Ahora he “descubierto” que mi recuerdo sólo se había quedado con lo alegre de la música y la poderosa imagen de la belleza y la felicidad. Una canción cantaba una historia de envidia y esto que los modernos llaman resiliencia mientras la otra trata de enamorar a alguien que imagino esquivo/a si había que atraerlo con una casita que recreo preciosa.

Yo siempre he soñado con una casita pequeña y alegre en la que vivir feliz. En la adolescencia imaginaba una vida como guardabosque en Canadá, lejos de aquí, lejos de demasiadas cosas que no me gustaban y en un entorno que se me antojaba maravilloso. La vida no se desarrolla como uno la imagina en sus primeros estadios y eso no quiere decir que la realidad sea mejor o peor. No tengo una casita como la que soñé. Afortunadamente no he sido guardabosques porque he descubierto que odio el bricolaje y esa vida está llena de tan molesta actividad. La España de mi infancia ha cambiado tanto que no la reconoce ni la madre que la parió (esa frase se la atribuyen a una promesa de Alfonso Guerra y, afortunadamente, se ha cumplido). Soy feliz con mi vida, con quienes en ella me acompañan, con Ella y con lo que hemos conseguido.

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Paquito el chocolatero

He leído que un tal Edward George Honey, soldado y periodista inglés, en desacuerdo con los bailes y fiestas que celebraban el fin de la guerra, envió una carta al Evening News solicitando cinco minutos de silencio en honor a los caídos en la I Guerra Mundial. Quien escribió esa historia se pregunta:, “¿Y si Mr. Honey hubiese escrito una carta solicitando cinco minutos de mayor alegría, pues dichos bailes y fiestas no le parecían suficientes? Quizá hoy celebraríamos la muerte cantando Paquito el Chocolatero, y ya te digo yo que Paquito, todos abrazados, se alargaría hasta que salga el Sol”.

Y lo cierto es que “Paquito el chocolatero” inyecta alegría en el alma. Ya os he contado lo que para mi es el Mediterráneo, y “Paquito” es su esencia. Una esencia que se vive en las fiestas de moros y cristianos y que más allá ha impregnado las fiestas de cualquier rincón de España y, por supuesto, las fallas en Valencia.

Pero “Paquito el Chocolatero” ha roto fronteras. En Toulouse trataron de convencer a mi hijo menor que ese pasodoble era música popular autóctona del sur de Francia. Y así la sentían aquellos gabachos, orgullosos de “sus tradiciones”

“Paquito” es marca España, así lo pienso y así parece pensarlo una de nuestras cerveceras, San Miguel, perteneciente al Grupo Mahou, que la utilizó como eje de su campaña publicitaria en el 2008.

Pero “Paquito el chocolatero” es netamente español, de Cocentaina (Alicante), habla del cuñado del compositor “un home molt formal que quan arriba la Festa va sempre molt colocat”, Francisco Pérez Molina era hermano de Consuelo la esposa del compositor, Gustavo Pascual Falcó. Los padres de Francisco vendían chocolate y eran conocidos con el sobrenombre de Chocolateros. Francisco. Su vocación: las fiestas de moros y cristianos, junto a la música, son las dos caras de una misma moneda: en una el músico, en la otra el festero para los dos cuñados. En el verano de 1937 el compositor enseña a su cuñado Paquito tres composiciones musicales. Le pide que elija una de entre las tres para que lleve su nombre. Paquito sin dudarlo elige un pasodoble, alegre y dianero, que rima bien con su carácter festero, “Paquito el chocolatero”.

Sería imperdonable no hacer un guiño al buen humor al hablar de “Paquito el chocolatero”. Probad a teclear en Google ese nombre y buscad las imágenes. Entre ellas aparecerán con cierta frecuencia fotos de un individuo que nada tiene que ver con la alegría pero que protagonizó innumerable cantidad de chistes. ¿Porqué será’ que decía “La Bombi”.

Paquito “El Xocolatero”
es un home molt formal
que quan arriba la Festa
va sempre molt colocat

Es posa el vestit de Festa
el puro, cafe-licor
i s´en va per la filada
per oblidarse de tot

(estribillo)

Pe’ l carrer va desfilant
entre flors i colors
el poble se’n va entregant
a la gracia d’ aquest home
que sap com ningu ballar.
Per el carrer va desfilant.
Cantueso i Herbero
per a poder-ho aguantar
mentre dura nostra Festa
tan valenciana, tan popular

(bis)

L’ endemá s´en va a la fabrica
i se posa a treballar
Cantueso i Herbero
per a poder-ho aguantar
fins que torne nostra Festa
tan Valenciana, tan popular

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