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Tres generaciones bailando “La Yenka”

Izquierda izquierda, derecha derecha, delante, detrás, un dos tres. En mi infancia los niños disfrutamos aprendiendo y practicando ese baile. Ya os he contado que durante toda mi infancia tuve clarísimo que me casaría con mi vecina y con ella aprendí a bailar aquello. Ni prosperó aquella pareja ni prosperó mi capacidad de bailarín.

Un fenómeno de canción intergeneracional. La bailó mi generación en su infancia. Enrique y Ana la interpretaron para la generación de mis hijos y ha llegado, de la mano de Cantajuego, hasta mi nieta. Esta historia deja muy mal a la España de mi infancia en la que La Yenka estaba dirigida a la juventud de entonces, aunque a los niños nos gustase. Ese era el nivel.

“La Yenka” ha tenido éxito con los coetáneos de mis hijos y mi nieta aunque, creo, que no con ellos ni con ella. Son más listos que yo y tienen mejor gusto.

El trastero de Palacio cuenta con detalle la historia de aquel baile convertido en la primera “canción del verano” de la que yo guardo recuerdo. Corría el año 65 y con aquella pegadiza cancioncilla los telediarios anunciaban que la modernidad había llegado a España. Esa era la modernidad oficial. Aquel verano los Beatles llegaron a España presentados como unos ridículos melenudos por esos mismos medios oficiales. Su concierto en la plaza de toros de Las Ventas terminó en cargas de la policía. En aquel 1965 The Beatles publicaron Help, Los Rolling Satisfaction, y Bob Dylan “Like a Rolling Stone”.

Parafraseando a Javier Krahe “Y yo aquí con mi flor como un gilipollas”.

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Dulce hotel La Mandrágora

“Hotel, dulce hotel” fue el primer cd que entró en casa tras comprar aquella torre de cosas, en concordancia estética, que apilaba un reproductor de cassettes otro de CD´s, un ecualizador y, encima de todos ellos, un plato para los vinilos; a su lado dos estupendos altavoces. Aquel conjunto compartía la presidencia del salón junto con la tele. La vida y los hijos nos dejaban poco espacio para disfrutar aquel aparato.

Supongo que, junto con aquel CD llegó algún otro, pero no recuerdo cual. Sabina ya era un viejo conocido para nosotros. Ya teníamos, desde su publicación, el vinilo de La Mandrágora, y ya nos sabíamos de memoria sus canciones fruto dela tradición de Javier Krahe y, como no, Georges Brassens. El “Pacto entre caballeros” y aquello de “Mucha, mucha policía” que acabó por convertirse en grito manifestero siempre nos hizo gracia. Sabina es un “canalla” que cae bien, que sabe escribir y describir; que se contradice sin complejos, que enamora y resulta detestable, que resume lo más detestable del “progre” y sabe enarbolar los valores del progresismo. Una contradicción con guitarra que ha conseguido que coreemos sus canciones y aplaudamos sus letras.

La vida nos mantuvo apartados de vivir la experiencia de La Mandrágora, de los conciertos en directo con amigos y copas. Hasta lejos del buen rollo que emanaba de muchas de aquellas canciones. Cambiamos aquellas noches de cervezas, amigos y música por nuestros hijos y trabajar como burros para sacar la familia adelante. Ni Ella ni yo nos hemos arrepentido aunque, seguro, lo hubiéramos disfrutado.

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