Historia de amor·Sin categoría

Mi limón, mi limonero

Éramos vecinos. Entre los 2 y los 11 años jugamos a representar todo tipo de parejas: detectives, indios, médico y enfermera, marido y mujer, … Estaba claro que nos íbamos a casar. No teníamos ninguna duda. Me mudé de casa y no nos volvimos a ver en siete u ocho años.

No recuerdo ni cómo ni porqué, pero nos reencontramos y subí a su casa. Allí me enseñó el último disco que se había comprado: “Mi limón, mi limonero”. ¡Que bajonazo! Yo, entonces, era un joven contestatario con tintes revolucionarios y aires de intelectualoide (no me juzguéis, “cada hora tiene su afán”). Aquella canción era lo más opuesto a la visión que yo tenía de la vida, de la gente y de una mujer deseable.

Seguía siendo guapa pero no pude pasar de poner una sonrisa de compromiso y no volver a verla hasta que la casualidad volvió a cruzar nuestros caminos con casi cincuenta años, pero esa ya es otra historia, con su gracia y que en nada terminó. Sólo la sonrisa del buen recuerdo de nuestra niñez.

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