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Soy más de «La vida de Brian» que de la Semana Santa

Esta mañana he leído un texto de Maruja Torres con el que me he sentido totalmente identificado. Ella es algo mayor que yo pero los recuerdos coinciden. Los dos vivimos la infancia en aquella España gris de la dictadura y yo también soy de «La vida de Brian»

«Sin ánimo de ofender ni a los creyentes, ni a los costaleros, ni a las preciosas imágenes, ni a las saetas, ni a los balcones, proclamo desde aquí, que soy más de ‘La vida de Brian’, o de esa oda al paganismo que es la novela de Gore Vidal Juliano el Apóstata. Aparte de que me dan mucho miedo los enmascarados y las caperuzas.

Hechas las proclamas de rigor, quiero recordar cómo eran y qué representaban las Semanas Santas en las que crecí, en un tiempo, al parecer, ahora muy añorado. Eran, exactamente, lo que quiere conseguir Vox, con la ayuda del PP».

La Semana Santa en los años 50 y y primeros 60 era una semana eterna y oscura en la que cualquier muestra de alegría era severamente reprimida. Cualquiera podía echarte la bronca por reír y siempre había alguien que te la echaba. Mis padres, muy lejanos a la religión y muy cercanos al miedo de quienes perdieron la guerra, también nos hacían callar. No querían problemas. En la radio sólo sonaba música sacra, los cines sólo proyectaban películas religiosas; había que ir un montón de veces a misa y mi madre nos llevaba para evitar comentarios; unas misas inacabables en las que el cura hablaba de muerte y aterrorizaba a los fieles con las penas del infierno. Tengo la imagen clavada en la mente de la guardia civil escoltando procesiones con las armas boca abajo.; alguien me explicó que era «para no apuntar al cielo».

Todavía huyo de las procesiones, procuro vivir las vacaciones de primavera lo más lejos posible de los caperuzos, Quo Vadis, y las cornetas y tambores. Todavía se me retuerce el estómago cuando veo a la legión cantar lo del novio de la muerte mientras llevan en alto un cristo crucificado y me subleva esa mezcla de ensalzamiento de la muerte, la violencia y un cristo salvador que, al parecer, lleva un mensaje de paz y perdón.

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Hoy es el día de los enamorados, naná, naná, na, nanana…

Llevo todo el día con esa musiquilla dentro de la cabeza. Me resulta inevitable y es habitual, se me mete una música en la cabeza y allí se queda todo el día aunque no me guste. Hoy tiene sentido. Nunca he celebrado esa fecha que considero un mero reclamo comercial pero, desde el primer noticiario de la Ser que he escuchado al despertar, hasta ahora mismo. El machaqueo recordatorio se ha prolongado sin descanso por tierra, mar y aire. La canción no me gusta pero pertenece a una película que vi de niño y se hizo hueco en mis recuerdos. La memoria es caprichosa.

Yo tenía cinco años cuando se estrenó la película en 1959. Seguro que la vi en el segundo o tercer reestreno, probablemente en el cine «López de Hoyos» muy cerca de mi casa. La vería con mis padres, ir al cine era una pequeña fiesta familiar y, en aquellos años, no había mucho para elegir. ¿No sabes lo que es eso del segundo o tercer reestreno? Las películas tenían una vida larga que comenzaba en los cines de la Gran Vía o Fuencarral. Continuaba, unas semanas después, en algunos cines destacados de capitales de provincia y cines principales de barrios de posibles. Luego llegaba a otros barrios en cines que mantenían un cierto estatus y sesiones numeradas (en ellas sabías dónde te sentarías al comprar tu entrada que te daba. derecho a dos películas, precedidas por el nodo y con horario fijo. Finalmente, las películas prolongaban su vida en auténticos «palacios de las pipas» de sesión continúa a los que podías entrar y salir cuando te parecía oportuno y te sentabas dónde hubiera sitio. Un recorrido de meses y meses que terminaba en salas improvisadas en los pequeños pueblos y en colegios e institutos. Meses después llegaban a la tele de un sólo canal, por supuesto en blanco y negro.

La película, con el tiempo y sin pretenderlo, se ha convertido en un muestrario de recuerdos de mi infancia y de la caspa de aquella España gris contada en tecnicolor (la Tuna incluida).

Y ese final con San Valentín volviendo al cielo en el ascensor de «La Torre de Madrid», entonces el edificio más alto de España y muestra de la «modernidad» que la dictadura quería enseñar.

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Aunque «Mi calle» no era mi calle

«Mi calle tiene un oscuro bar, húmedas paredes, pero sé que alguna vez cambiará mi suerte». Esa sencilla estrofa me sacudió en 1968. Me di cuenta de que esa música era distinta, decía cosas. Cosas que nada tenían que ver con mi realidad de adolescente de clase media acomodada. Yo no había vivido una realidad como esa. Mis padres si. Mi padre fue soldadito perdedor de una guerra e hijo de represaliado. Mi madre también había perdido esa guerra y sus padres también fueron represaliados. Ellos se abrieron camino con sacrificios, renuncias y mucho trabajo. Yo empezaba a ser consciente de ello y sabía que el caso de mis padres ni era único ni era el peor aunque, en casa, de esas cosas no se hablaba. Había miedo, la dictadura estaba allí, omnipresente.

Eran distintos, sus letras, sin ser cantautores, decían. Su música era rock. No era un chimpún como tantos. Sonaban muy bien. En algún sitio leí que, en directo, hacían rock y jazz y sonaban todavía mejor.

Eric Burdon dijo de ellos, hablando de «La casa del sol naciente», «es la mejor versión que conocemos».

«Don’t let me be misunderstood», otra buena muestra de su calidad.

Eran realmente buenos y me hicieron sentir, me ayudaron a darme cuenta de que la vida es muy dura con quienes no han tenido ni suerte ni oportunidades.

Gracias a Manuel Cerdá que, hace unos días despertó mi recuerdo. Quizás te guste ver otras entradas:

Lo + mío

Mediterráneo

No nací en el Mediterráneo pero así me siento. No he elegido la ladera de un monte más alto que el horizonte, los míos lo saben, pero es un buen lugar para quien lo escoja.

Valencia y Alicante, dos ciudades unidas  a mi historia. Valencia son las vacaciones de mi infancia. Alicante es la ciudad que ha llenado mis ocios y los de mi familia desde que mis hijos eran pequeños. Alicante es mi refugio para el descanso y espero que lo sea por muchos años. 

Ella, mis hijos, mis padres, mi hermana, mi abuela, mis tíos y primos, recuerdos de muchos veranos en la niñez, la adolescencia, la juventud, la madurez y a las puertas de la vejez.. Tantos lugares, tantos paseos, tantos momentos,… El Portet de Moraira que, en el 61, era el mismísimo paraíso terrenal. Las fallas. Los veranos de la adolescencia en Gandía. Esa cala inesperada que un día descubrimos, los pinos, el sol, la paz.

‘Mediterráneo’, de Joan Manuel Serrat, se convirtió en abril del 2019 en ‘La mejor canción jamás cantada’ en español de las últimas décadas según los espectadores de La 1, con el 55% de los votos. Pero eso es sólo una anécdota.

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