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El triste papel de un patoso en la discoteca

La primera vez que fui a una discoteca yo tenía quince años. Fue durante el viaje de fin de curso de lo que entonces era el bachiller superior. En Granada, el profesor que nos acompañaba nos dejó salir por la noche. Fue mi primera salida nocturna, mi primera discoteca, mi primera borrachera y, claro está, mi primera resaca. Éramos solo chicos y no había más público que nosotros. Sólo recuerdo estar bailando, yo solo en una especie de escenario, al ritmo del “Come Toguether” de los Beatles que me cautivó desde entonces.

La verdad es que nunca me han atraído las discotecas. Un lugar con la música muy alta en el que, por tanto, es difícil charlar que, para mí, es el mejor arma que yo he creído tener para ligar. Desde mi simplismo absoluto, ligar es la única razón que puede justificar el ir a uno de esos lugares. “Pa poder molar como en una discoteque” que cantaban los de Desmadre 75 en “Saca el güisky cheli”. Pero yo en una discoteca nunca he molado, nunca lo he creído. Siempre he sido patoso. Sólo lo más espabilados se dan cuenta de que a ellas les gusta bailar mientras que a ti te inhibe un estúpido sentido del ridículo.

Nada más lejano de mi que ese tipo que interpretaba Travolta en “Saturday night fever”. Lo cierto es que nunca lo pretendí ni tan siquiera lo intenté. Lo mío es hablar y reconozco que eso me dejaba en fuera de juego con muchas chicas. Pero para todo hay sabios y expertos.

La técnica de ligue en la discoteca parecía simple: bailabas ritmos rápidos en grupo buscando una chica que se quedara bailando a tu lado; luego sonaba una lenta y la invitabas a bailarla contigo. Si ella accedía buscabas un mayor acercamiento y ya continuabas bailando con ella el resto del tiempo que tenías hasta que ella y tu tuvierais que salir corriendo para estar en casa a la hora indicada por la autoridad paterna. Si, mientras te habías sentado en una mesa, lo suyo era buscar una mesa en un rincón oscurito. Tu bebías algo fuerte; ella un “San Francisco”, un brebaje sin alcohol servido en un vaso lleno de azúcar en su borde. Nunca conseguí completar esa secuencia probablemente errónea. Parece que, a pesar de todo, alguien preparaba el escenario de mis fracasos.

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Ob-La-Di, Ob-La-Da. La vida sigue porque vivir es fácil con los ojos cerrados

Usaba minifalda y tenía unos muslazos tremendos. Yo tenía 15 años y ella era nuestra profe “nativa” de inglés en el instituto. Creo que ninguno de sus alumnos (en aquellos años las clases ni soñábamos en que fueran mixtas) la mirábamos sin dejar volar la imaginación. Y sin la menor perspectiva de otra cosa. Eso sí, utilizaba un método que a todos nos enganchó al inglés. Nos enseñaba a entender las letras de los Beatles. Mucho inglés no aprendí pero, muchos años después tuve una conversación con un cliente alemán utilizando trozos de aquellas canciones. Seguro que mi amigo P se acuerda. Nos reímos muchísimo de nosotros mismos ese día.

La primera canción que nos enseñó fue “Ob-La-Di, Ob-La-Da”. Un tema alegre que, quienes sabían tocar la guitarra aunque fuera de oído, la sacaron enseguida. Dicen los expertos que fue un tema precursor en la fusión del raggae y el pop. Lo compuso Paul McCartney. Lennon decía de ella que era «mierda para abuelas de Paul» pero, sin embargo, la entrada rápida y alegre del piano fue obra del propio John Lennon. Aún así “ha sido declarada la canción pop perfecta. Es a la conclusión a la que han llegado varios investigadores del Instituto Max Planck en Alemania después de analizar varios temas de este estilo”. Incluso hay quien afirma que luego ha sido plagiada por otros grupos. ¿Estáis de acuerdo?

La idea de utilizar la música de los Beatles para enseñar inglés no era original de aquella chica. Pero eso no quita ni un ápice del buen recuerdo que de ella tengo y no sólo por sus muslos (que también) sino porque fue la primera profesora de inglés que consiguió que me interesase por aprenderlo. Lamentablemente no recuerdo su nombre. Cosas de la adolescencia y el machismo inherente a la educación recibida. Yo también soy culpable.

La película “Vivir es fácil con los ojos cerrados” cuenta la historia de como Juan Carrión Gañán, un profesor de inglés en el Albacete de 1966, decide viajar a Almería, dónde John Lennon rodaba la película “Cómo gané la guerra”, para pedirle que corrigiera las transcripciones de las letras de los Beatles que sus alumnos habían hecho y que, en adelante, sus discos incorporaran la letra de las canciones. Consiguió las letras y que los discos de los Beatles las incluyeran.

Un ejemplo que aquella chica siguió quizás sin conocer la historia. Un recuerdo cariñoso para ella.

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Tres generaciones bailando “La Yenka”

Izquierda izquierda, derecha derecha, delante, detrás, un dos tres. En mi infancia los niños disfrutamos aprendiendo y practicando ese baile. Ya os he contado que durante toda mi infancia tuve clarísimo que me casaría con mi vecina y con ella aprendí a bailar aquello. Ni prosperó aquella pareja ni prosperó mi capacidad de bailarín.

Un fenómeno de canción intergeneracional. La bailó mi generación en su infancia. Enrique y Ana la interpretaron para la generación de mis hijos y ha llegado, de la mano de Cantajuego, hasta mi nieta. Esta historia deja muy mal a la España de mi infancia en la que La Yenka estaba dirigida a la juventud de entonces, aunque a los niños nos gustase. Ese era el nivel.

“La Yenka” ha tenido éxito con los coetáneos de mis hijos y mi nieta aunque, creo, que no con ellos ni con ella. Son más listos que yo y tienen mejor gusto.

El trastero de Palacio cuenta con detalle la historia de aquel baile convertido en la primera “canción del verano” de la que yo guardo recuerdo. Corría el año 65 y con aquella pegadiza cancioncilla los telediarios anunciaban que la modernidad había llegado a España. Esa era la modernidad oficial. Aquel verano los Beatles llegaron a España presentados como unos ridículos melenudos por esos mismos medios oficiales. Su concierto en la plaza de toros de Las Ventas terminó en cargas de la policía. En aquel 1965 The Beatles publicaron Help, Los Rolling Satisfaction, y Bob Dylan “Like a Rolling Stone”.

Parafraseando a Javier Krahe “Y yo aquí con mi flor como un gilipollas”.

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Hey Jude, Hey Topo

Desde hace un par de semanas me rondaba la idea de escribir una entrada sobre “Hey Jude” y enmarcarla en el recuerdo de cuando compré aquel single, al comienzo del curso 1968 – 1969. Yo tenía catorce años y comenzaba lo que entonces se llamaba el “Bachiller Superior”

Aquel disco lo tengo ligado en la memoria a un dibujo que hice caricaturizando a los profesores que tuve aquel curso. He buscado el dibujo, lo he encontrado, y he buscado en internet algo sobre aquellos profesores y el Instituto. He dado con una auténtica mina de recuerdos a los que, en el futuro, algún provecho sacaré. Continuando la búsqueda he redondeado el resultado. Mucho trabajo por delante.

Justo antes de comenzar el curso mi madre em llevaba al “economato” (una tienda precursora de lo que fueron los hipermercados y a la que se accedía con un carnet que acreditaba que pertenecía – mi padre – a un determinado gremio o colegio profesional) y allí me compraba la ropa y el material que elle estimaba que yo necesitaría ese curso. Aquel año acudí con la idea fija de comprar “Hey Jude” un disco que había comentado la revista “Mundo Joven” y que yo todavía no había escuchado. Junto con un anorak azul con dos rayas blancas a lo largo de una de las mangas, ese disco me acompañó durante años. El anorak llegó a ser una seña de identidad que me hizo reconocible, años después, en una foto de una manifestación por la amnistía que publicó “Cambio 16”.

Cuando llegué a casa escuché el disco y me encontré con que no tenía nada que ver con lo que yo había escuchado de los Beatles. Todavía me quedaba tiempo para madurar, cosas de la adolescencia. Lo tuve que escuchar varias veces para que me gustase, pero el proceso fue rápido. Al principio me gustó más la vuelta “Revolutions” luego me gustó también, y mucho, “Hey Jude”.

Tanto me gustó que su carátula sirvió de base para la caricatura que dibujé de algunos de los profesores que tuve aquel curso. De izquierda a derecha, en la imagen: Sr. Navarro, “El Topo” de historia; Gómez Menor, “El Bigotes” de ciencias naturales; El padre Mindán, “El Cuervo” de filosofía y Javier de Lorenzo, “P(x)” de matemáticas. Eran los más duros y no gozaban, entonces, de nuestra simpatía.

José Navarro Latorre, “El Topo” fue Catedrático de historia en el Instituto, me dio clases durante varios años. Era muy exigente, nos espetaba a menudo una frase muy suya: “niñatos tontitos de academia de décimo piso”. Parece que estuvo muy comprometido con la dictadura pero no recuerdo un sesgo más allá del habitual en esa España gris que vivimos. En el primer COU experimental, cuando el resto de mis coetáneos hacían Preu, el Topo programó un curso de historia contemporánea que contenía un tema sobre el avance de la frontera oeste de Estados Unidos con el que todavía me entusiasmo.

El padre Manuel Mindán, “El Cuervo” era el catedrático de filosofía, un tipo indefinible, que dio clases casi hasta su muerte con 104 años; fundador, entre otros, de la Junta Democrática y maestro de toda una generación de filósofos; un cura que un día nos contó que había participado en el enfrentamiento entre comunistas y anarquistas en Barcelona, en la Guerra Civil. ¿Con quién o contra quién…? Alguien que, para marcar estilo, a comienzos de curso, sabedor de que le llamábamos “El Cuervo” soltaba una especie de graznido diciendo. “me voy volando que se me ha olvidado la pluma”. Siempre reía algún incauto al que se le caía el pelo.

Javier de Lorenzo, “P(x)” era profesor de matemáticas, terminó su carrera profesional habiendo ejercido como catedrático en las universidades Complutense y de Valladolid. Su obra se centra en la Historia y Filosofía de la Matemática y en la Historia y Filosofía de la Ciencia. 

El cuarto miembro del grupo, Gómez Menor, “El Bigotes” no ha dejado apenas huella en internet. Era muy aficionado a los chascarrillos y a los ejemplos exagerados que originaban todo tipo de chuflas a su costa.

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Historia de amor·Sin categoría

I want to hold your hand

Cada vez que me quedaba enganchado de una chica, casi siempre sin éxito, la asociaba mentalmente con una canción. Era tímido y desmañado, no tenía buena planta y las chicas solían preferir los malotes. Viento en contra.

Los Beatles forman parte de la banda sonora de mi vida y la letra de “I want to hold your hand” cuenta, quizás sin pretenderlo, todo lo que pasaba por mi cabeza en casi todas esas ocasiones y en esta en particular.

Esta vez fue en mi primer año en la universidad. Me prendé de una compañera que acabó diciéndome aquello de: “para mi eres un buen amigo”, lo peor que ellas te pueden decir cuando tu tienes otros fines. Ninguna posibilidad de prosperar.

Y para más inri me lo dijo delante de buena parte de mis amigos. Fue mi culpa porque yo puse la oportunidad y ella sólo la aprovechó.

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Yellow Submarine

De la mano de sus majestades los Reyes Magos, el 6 de enero de 1967 entró el pick up en casa. Yo tenía 12 años y mi hermana 11. En mi carta yo había pedido el, entonces, último disco de los Beatles, un EP con cuatro canciones: Yellow Submarine, y lo trajeron. Fue mi primer disco.

Ya nos gustaba la música y comenzábamos a cantar y bailar una música era mirada por la dictadura con una mezcla de burla, y desconfianza. Ahora pienso que intentaban disimular el miedo al cambio y a que este les arrastrase. Nuestra abuela, siempre moderna, decía que le gustaban “los Vitis”. Nuestros padres dejaron trabajar a los Reyes Magos.

La wikipedia dice que “en España la película fue estrenada en todos los cines el 22 de diciembre de 1969 en versión original subtitulada”. Aunque la película es del 68. Tardó algo más de un año en llegar.

Entre 1960 y 1970 The Beatles marcaron una época; marcaron el modo en que varias generaciones nos acercamos a la música; fueron bandera de una sociedad que, en occidente, cambió la sociedad y abrió paso a nuevas ideas. La pena es que esa generación, la del 68, al llegar a puestos de responsabilidad, olvidó, olvidamos, aquel sueño y protagonizamos el error, el horror, que hemos llamado neocapitalismo y pomposamente definen como neoliberalismo.

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