Sin categoría

La Buhardilla

La juventud es generosa, vive el presente y no piensa en las consecuencias. Por lo menos así fue la mía. Era mi primer año en la universidad y, entre varios amigos habíamos alquilado una buhardilla en Malasaña (entonces ese barrio era solo un foco de pobreza en el centro de Madrid, aún no habían llegado allí los bares de moda, allí sólo vivían gentes humildes, desheredados de la vida). Pusimos en común nuestros libros y discos e invitamos a venir a todo el que quiso hacerlo.

Llegó un momento en el que no conocíamos a muchos de los que allí acudían. Una increíble y deliciosa aventura. Peligrosa, porque ni aquel espíritu ni muchos de los que por allí pasaban estaban, estábamos, bien mirados por la policía de la dictadura franquista, la Brigada Político Social.

Al final, tras casi tres años tuvimos que abortar aquella aventura. La policía no llegó pero ya habían oído hablar de nosotros. La mayoría de quienes iniciamos la experiencia ya estábamos militando en partidos clandestinos que nos exigían prudencia en nuestros movimientos. Habíamos «madurado», queríamos acabar con la dictadura y, aunque ahora cueste entenderlo, ponerse en el foco de la policía política por divertirnos como jóvenes que éramos, no era rentable en términos de lucha antifranquista.

Todo aquello, por supuesto, tuvo una banda sonora, ecléctica y muy variopinta. Mucho más que las escasas muestras que he intercalado en estos párrafos. Una banda sonora que, en la debacle final que acabó con «La Buhardilla», se silenció con la desaparición de la mayoría de los discos y libros que habíamos puesto en común.

Quizás te guste ver otras entradas:

Sin categoría

Con él comenzaron muchas cosas, Pete Seeger

Descubrí a Pete Seeger un día, a finales de los años 60, en el que mi amigo R trajo un disco suyo a mi casa. Era una recopilación de esas canciones que todos asociamos al más puro folclore USA. Hace unos días me desperté con una de ellas resonando en mi cabeza, me venía a los labios repetidamente, canturreando su letra original que, hace ya muchos años, formó parte de las bases de aprendizaje de mi somero inglés. «Oh my darling, Clementine».

Con aquel disco aprendí también las letras de «Oh, Susanna» y «Yankee Doodle». Luego descubrí que aquel tipo, Pete Seeger, tenía un disco con las canciones del Batallón Lincoln, canciones de las que había oído hablar y pocas veces escuchado porque en la España de la dictadura franquista resultaban altamente sospechosas, «There’s a valley in Spain called Jarama». Pete Seeger era un cantante comprometido que pagó su compromiso con doce meses de prisión y a diecisiete de prohibición de sus canciones en los medios locales norteamericano. Un «regalo» que le hizo el Comité de Asuntos Antiamericanos impulsado por lo más reaccionario de la clase política de los Estados Unidos en plena guerra fría.

Pete Seeger se convirtió en referente para toda una generación de músicos que, en los años 60, en medio de los movimientos que cambiaron la sociedad en aquella época: la guerra de Vietnam, el mayo francés, la primavera de Praga, aquellos maravillosos años a los que Nixon puso final y Reagan enterró. Su disco revitalizando un himno, «We shall overcome» influyó de un modo determinante en Joan Báez, Bob Dylan y muchos otros grandes de la música.

Su influencia llegó también a los músicos de habla castellana, Adolfo Celdrán y Victor Jara recogieron la adaptación de Pete Seeger de un tema de Malvina Reynolds, «Little boxes» y retrataron para siempre una sociedad que todavía, más de cincuenta años después, reconocemos.

Quizás te guste ver otras entradas:

Sin categoría

Chile en el corazón

En el año 1970, Salvador Allende ganó las elecciones y llegó a la presidencia de su país. Traía de la mano un proyecto democrático que miraba por los más desfavorecidos. Contó con la animadversión de quienes, en Chile, vieron peligrar sus privilegios y de los Estados Unidos, que lo convirtió en pieza a batir. De su mano y con el golpe de estado de Pinochet cayó el gobierno democrático que a la izquierda nos había hecho soñar un mundo mejor. Ese mundo por el que en el 1968 se había luchado desde París a Praga, desde Vietnam a las universidades de Estados Unidos… El golpe de Pinochet fue el banderazo de salida para una serie de asonadas sangrientas: Chile, Argentina, Uruguay, Brasil que terminaron con la vida de miles de militantes de izquierdas en toda América Latina con el patronazgo USA.

El gobierno de la Unidad Popular de Chile tuvo mucha música: Violeta Parra, Víctor Jara, Inti Illimani, Quilapayún,… la nueva canción chilena que acabó, a manos de la dictadura de Pinochet, en exilio y asesinatos. El gran referente fue Violeta Parra. Tanto que el 4 de octubre, su fecha de nacimiento, ha sido elegido como «Día de la música y de los músicos chilenos».

Violeta Parra compuso “Gracias a la vida” un año antes de morir, un año antes de suicidarse. La vida es así de contradictoria. Para mí es un himno a la vida. Tiene aire de despedida pero reivindica la vida y creo que eso no hay que dejarlo para el adiós. Siempre es momento de hacerlo. Por eso tiene su lugar de honor entre «Lo + mío».

También la quiero recordar con «Volver a los 17»: «Volver a los diecisiete, después de vivir un siglo. Es como descifrar signos sin ser sabio competente. Volver a ser de repente tan frágil como un segundo. Volver a sentir profundo como un niño frente a Dios. Eso es lo que siento yo en este instante fecundo…»

El 11 de septiembre de 1973el ejército chileno bombardeó el Palacio de la Moneda y asesinó a Salvador Allende. Luego comenzó el siniestro baile de la muerte: Víctor Jara fue detenido, y torturado, le cortaron los dedos y la lengua. Tras cuatro días, fue fusilado en el estadio de fútbol que la dictadura convirtió en campo de concentración. Hoy ese estadio lleva su nombre.

Quilapayún fue para mi la música militante, la música que llevaba en la cabeza en el movimiento contra la dictadura del general Franco. También fue para mi «La Muralla», un poema de Nicolás Guillén, reivindicativo, pero hermoso.

Quizás te guste ver otras entradas: